19 ene. 2011

La sombra del ciprés es alargada - Miguel Delibes

Iba por la mitad de este libro cuando una amiga me dijo: Delibes tenía una obsesión por la muerte. Y yo le contesté que de momento no había salido nada sobre ella. Seguí leyendo y en los dos siguientes capítulos, un amigo del niño protagonista enferma y se muere. A partir de ahí, lo que hasta ahora sólo era pesimismo se tornó en muerte y tristeza. Sin embargo más adelante esos sentimientos giran completamente pero sin dejar de estar siempre presentes. Por tanto doy la razón a mi amiga: Delibes tenía una obsesión con la muerte.

Pero no sólo de sentimientos, muerte, tristeza y apatía habla el libro, por otro lado lleno de descripciones minuciosas de los escenarios. He encontrado una de estas descripciónes rápida y sencilla (vamos, para la E.S.O) de lo que es una guerra civil, en concreto la española. Aquí os la dejo:
Como todas las guerras, su iniciación tuvo tanto de esperado como de sorprendente. Surgió el día que dos hombres, cabezas de país, se dieron a razones menos que de ordinario.
- Oiga, se me está usted subiendo ya a las barbas con tanta historia - debió decir uno de ellos.
- ¿Dice usted guerra?
- Sí, guerra.
- Pues, ¡sea guerra, ya que usted lo quiere!
(Verdaderamente, los dos hombres estaban deseando zanjar sus diferencias con las armas en la mano. Lo importante era ocultar ese deseo hasta que el de enfrente no lo mostrase. Había que ganar, primero que la guerra, la opinión universal. En resumidas cuentas, era esta opinión quien en último término había de decidir el pleito. Y la opinión universal no se ganaba pronunciando el primero la palabra "guerra", ya que guerra es especialmente odiada por los no beligerantes.)

Y un montón de hombres arremetió a tiros con otro montón contra el que nada tenía en realidad. El otro montón respondió también, naturalmente, con tiros. Los dos montones comenzaron a disminuir; decrecían a ojos vistas. Y un día, después de mucho ruido y muchísima sangre, se vio que de uno de los montones no quedaba ni rastro; del otro unos pocos, muy pocos. Estos pocos, al ver que no restaba nada del montón de enfrente, empezaron a desgañitarse afirmando que habían conseguido la victoria. Pero ¿habían conseguido alguna victoria en realidad? ¿El haber disminuido su montón hasta casi desaparecer, podía ser estimado como una victoria por el mero hecho de que el montón adversario hubiese sido asolado? La verdad era demasiado triste para reconocerla. Empero era cierta; el montón esquilmado sufrió una espantosa derrota; el montón con supervivientes fue también derrotado, pero menos.

En el fondo creo que los dos bandos, por motivos más o menos ocultos, hubiesen llegado a las manos de todas maneras. Había muchos problemas de por medio. Pero también había que dar los rodeos oportunos para que fuese el otro quien declarase la guerra, para poder decir un día: "Nosotros no hicimos otra cosa que repeler la agresión." Éste era el primer paso hacia la derrota menor en las guerras modernas, hacia lo que los supervivientes, un poco a ciegas, llamaban pomposamente "su victoria". La verdad era que entre todos los problemas que distanciaban a los dos bandos no sumaban, ni remotamente, lo que la guerra. Es decir, que las cuestiones causa de la guerra se hacían nimias, imperceptibles al compararlas con las cuestiones gigantescas que la lucha creaba. (Después de todo era ésta una solución muy humana. El hombre es muy capaz de quedarse en cueros por adivinar el paradero de la lavandera que le hurtó unos calzoncillos. Prefiere perder todo su poderío antes que una sola unidad de él pase a incrementar el del vecino de la casa de enfrente).

Ningún problema ofrecía las características fabulosas de la guerra y, sin embargo, era a la guerra donde se agarraban para intentar resolver los problemas de menor cuantía que abrían diferencias entre ellos. Era la teoría del mal menor aplicada al revés; es decir, la teoría del mal mayor con toda su cohorte de deformaciones y absurdidades.

Me parece un pasaje precioso por la ridiculización del ser humano.
Y lo aún me parece más sorprendente... cómo logró este libro, con este pasaje, pasar la criba de la censura en el año 1948? Y aún es más... otorgarle el premio Nadal.

Recomendado? Sí!
 
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5 comentarios:

Muelecitas dijo...

Muy buena la descripción, aunque la historia para algunos sea un rollo estudiarla con 17 años, creo que es necesario saber lo que aconteció en nuestro país hace relativamente poco tiempo... así que a leer se ha dicho.

;))

Xabi Otero dijo...

Esperemos que en un futuro pueda leerlo y dar una buena crítica. Hasta el momento, animado estoy.

De todos modos, el tema de la muerte era evidente por la aparición de la palabra ciprés en el título.

Otra cosa no pero en España había una obsesión con la muerte jajajaj

Muelecitas dijo...

Ciprés, hoy un típico árbol de cementerio; en el antiguo ámbito mediterráneo, en cambio, un símbolo y atributo de Cronos (Saturno), pero también de Asclepios (Esculapio) y de Apolo (probablemente a causa de la forma de su copa, que semeja una llama), pero, al mismo tiempo, también atributo de muchas divinidades femeninas (Cibeles, Perséfone, Afrodita, Artemis, Envinome, Hera, Atenea). También las hijas del rey Eteocles de Orcomenos fueron convertidas en cipreses al igual que, según otra tradición, un joven llamado Kyparissos, que había dado muerte a un ciervo sagrado. Muchas cosas sugieren que el ciprés, ya en la época prehelénica, fue un árbol simbólico religioso al que más tarde se relacionó con cultos del mundo subterráneo. Por este motivo fue plantado a menudo junto a los sepulcros, y además, a causa de su virtud de repeler hechizos malignos, también fueron cercados. Decíase que unas ramitas de ciprés puestas debajo de las semillas preservaban a éstas de los elementos dañinos. El árbol de las hojas siempre verdes y de larga vida con su duradera madera era también símbolo de longevidad. Dado que también se le representa en cuadros del paraíso, pudo plantarse junto a las tumbas cristianas como símbolo de la esperanza en el más allá y representarse en los sarcófagos, aunque anteriormente muchos ídolos se habían tallado en madera de ciprés. «La madera de ciprés resiste y dura mucho tiempo. / Parece como si desafiase la carrera de la mortalidad / El que mediante el espíritu de Dios se prepara para la muerte / Sabiamente guiará su navecilla hacia la vida verdadera.» (Holiberg 1675).

Diccionario de lo Símbolos
H. Biedermann
(Paidós)

Muelecitas dijo...

Pensaba que iba a salir la página de donde lo he sacado, pero no--->http://www.imaginaria.org/def.htm

Hay un autor que lo engloba dentro de la categoría "árboles fálicos" jajajaj

Oscura dijo...

Un buen ejemplo de la obsesión con la muerte de Miguel Delibes es el libro "La hoja roja".

Creo que ahi se ve muy claramente.

Un saludo