28 nov. 2009

El círculo del noventa y nueve.

Había una vez un rey muy triste que tenía un criado, que, como todo criado de rey triste era muy feliz.

Todas las mañanas despertaba al rey y le llevaba el desayuno, cantando y tarareando alegres canciones de juglares. En su distendida cara se dibujaba una gran sonrisa y su actitud ante la vida era siempre serena y feliz.

Un día, el rey lo mandó llamar:
- Paje, ¿Cuál es el secreto?.
- ¿Qué secreto majiestad?.
- ¿Cuál es el secreto de tu alegría?.
- No hay ningún secreto, majestad.
- No me mienta, paje. He ordenado cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
- No os miento, majestad. No guardo ningún secreto.
- ¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿Por qué?.
- Señor, no tengo razones para estar triste. Su majestad me honra permitiéndome atenderle. Tengo a mi esposa y a mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado. Nos vesten y nos alimentan y, además, su majestad me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algún capricho. ¿Cómo no voy a ser feliz?.
- Si no me dices tu secreto, te haré decapitar. Nadie puede ser feliz por las razones que nos has dado.
- Pero, majestad, no hay ningún secreto. Nada me gustaría más que complaceros, pero no hay nada que os esté ocultando.
- Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo!.
El criado sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.

El rey estaba como loco. No conseguía explicarse por qué el paje era tan feliz viviendo de prestado, usando ropa vieja y alimentándose con las sobras de los cortesanos.
Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus consejeros y le explicó la conversación que había mantenido aquella mañana.
- ¿Por qué ese hombre es feliz?.
- Ah, majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
- ¿Fuera del círculo?.
- Así es.
- ¿Y eso le hace feliz?.
- No, señor. Eso es lo que no le hace infeliz.
- A ver si entiendo. ¿Estar en el círuclo te hace infeliz?.
- Así es.
- ¿Y cómo ha salido?.
- Nunca ha entrado.
- ¿Qué círculo es ese?.
- El círculo del noventa y nueve.
- Realmente, no entiendo nada.
- Sólo podría entenderlo si me dejara mostrárselo con hechos.
- ¿Cómo?.
- Dejando que tu paje entre en el círculo.
- Sí, obliguémosle a entrar.
- No, majestad. Nadie puede abligar a nadie a entrar en el círculo.
- Entonces habrá que engañarle.
- No hace falta, majestad. Si le damos la oportunidad, entrará por su propio pie.
- ¿Pero él no se dará cuenta de que eso significa convertirse en una persona infeliz?.
- Sí, se dará cuenta.
- Entonces no entrará.
- No lo podrá evitar.
- ¿Dices que se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar y, aún así, entrará en él y no podrá salir?
- Así es, majestad. ¿Estáis dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?.
- Sí.
- Muy bien. Esta noche me pasaré a buscarle. Debe tener preparada una bolsa con noventa y nueve monedas de oro. Ni una más ni una menos.
- Entonces hasta la noche.
Así fue. Esa noche el sabio pasó a recoger al rey. juntos llegaron a escondidas a los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba.

Dentro de la casa se encendió la primera vela. El sabio ató a la bolsa de cuero un mensaje que decía: "este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no le digas a nadie cómo lo has conseguido".
Después ató la bolsa a la puerta de la casa del criado, llamó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban lo que ocurría desde detrás de unos matorrales.
El sirviente vio la bolsa, leyó el mensaje, apretó el tesoro contra su pecho, miró a su alrededor para comprobar que nadie le observaba y volvió a entrar en su casa.
Desde fuerase oyó cómo el criado atrancaba la puerta, y los espías se asomaron a la ventana para observar la escena.
El criado había tirado al suelo todo lo que había sobre su mesa excepto una vela. Se había sentado y había vaciado el contenido del saco. Sus ojos no podían creer lo que estaba viendo. El paje tocaba las monedas una a una amontonándolas. Las acariciaba y juntaba haciendo pilas con ellas.
Así empezó a hacer montones de diez en diez monedas. Diez, veinte, treinta... ochenta y ¡noventa y nueve monedas!.
Primero su mirada recorrió la mesa, buscando una moneda más. Después miró el suelo y, finalmente, la bolsa.
"No puede ser", pensó. Puso el último montón al lado de los otros y comprobó que era más bajo.
- ¡Me han robado! ¡Malditos!.
Volvió a buscar sobre la mesa, por el suelo, en la bolsa, en sus ropas, en sus bolsillos, debajo de los muebles... Pero no encontró lo que buscaba.
Sobre la mesa, como burlándose de él, un montoncito de monedas resplandeciente le recordaba que había noventa y nueve monedas de oro. Sólo noventa y nueve.
"Noventa y nueve monedas. Es mucho dinero", pensó. "Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo", pensaba. "Cien es un número completo, pero noventa y nueve no".
El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma. Tenía el ceño fruncido y los rasgos tensos. Sus ojos se habían vuelto pequeños y cerrados, su boca mostraba un horrible rictus, a través del cual somaban sus dientes.
El sirviente guardó las monedas en la bolsa y, mirando hacia todas partes para comprobar que nadie le veía, escondió la bolsa entre la leña. Después tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar, porque es rico y se puede vivir tranquilo. Si trabajaba y ahorraba su salario, en once o doce años tendría lo necesario para esa última moneda de oro.
- Doce años es mucho tiempo.
Quizá pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo durante un tiempo. Y así reduciría a siete años la espera. ¡Era demasiado tiempo!. Quizá pudiera llevar al pueblo la comida que les sobraba todas las noches y venderla por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más cantidad podrían vender.
El rey y el sabio volvieron al palacio.
El paje había entrado en el círculo del noventa y nueve...

Durante los meses siguientes, el sirviente siguió sus planes tal como los había concebido aquella noche. Una mañana, el paje entró en la alcoba real golpeando la puerta, refunfuñando y de malas pulgas.
- ¿Qué te pasa? - Preguntó el rey con buenas maneras.
- No me pasa nada.
- Antes, no hace mucho, reías y cantabas constantemente.
- Hago mi trabajo, ¿Verdad? ¿Qué quiere su majestad? ¿Que sea su bufón y su juglar también?.
No pasó mucho tiempo hasta que el rey despidió al sirviente. No era agradable tener un paje que siempre estaba de mal humor.
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1 comentario:

Xabi Otero dijo...

Qué bueno el cuento, me ha encantado. También me ha gustado la reflexión que tienes puesta sobre los docentes y estoy totalmente de acuerdo, pero parece ser que la sociedad no se da cuenta de eso, y no contento con tener que aguantar a los niños, lo que es peor es aguantar a sus padres a veces xD